Decidí estudiar publicidad por frustración.

 

Tenía 15 años y estaba loco por una vieja de mi colegio que era mayor que yo, más agraciada que yo, con más plata que yo y con más carisma que yo (no era mi profesora). Yo no tenía nada para darle.

 

Lo mismo que me pasaba a mí, vi también que pasaba y sigue pasando en publicidad. Hay marcas que no tienen nada bueno y nada nuevo que ofrecer, pero la publicidad cuenta con personas capaces de hacer que miles quieran tenerlos. Dije, si un oficio es capaz de hacer eso, voy a ser publicista.

 

Aquí fue donde empecé a desaprender.

 

Desaprendí a sentirme el mejor.

 

Claro, los que escriben libros de auto ayuda dirán: “este tipo no sabe lo que dice”, pero después de estudiar en una Universidad donde lo único que sobraban eran halagos por trabajos que jamás fueron reales, con presupuestos ridículos y clientes que eran profesores, lo mejor que pude hacer cuando empecé a trabajar en agencia y a entender que no todo era color de rosa, fue desaprender el método de la academia y entender que este oficio ya no es lo que pasa en Mad Men, sino que es un trabajo como cualquier otro y que se puede ser bueno y creativo, sin sentirse más que los demás.

 Desaprendí que solo los creativos pueden tener buenas ideas.

Trabajaba en el slogan de una marca con varios creativos. Llevábamos 6 días y todos rebotaban.

En una revisión donde nos tumbaron todo, cuando no salió nada nuevo, cuando las ideas se acabaron, una ejecutiva dijo una frase al aire en la que todos los juniors nos reímos. Esa misma frase la escogió el VP Creativo y desde ese momento es el slogan de la marca.

Desaprendí que las buenas ideas se venden solas.

Cuando llevaba 3 años trabajando como copy, los únicos que pensábamos que mis piezas eran buenas, éramos mi dupla y yo; así, mi book se llenó de trabajos que jamás vieron la luz.

Hoy sé que el mismo tiempo que uno gasta para pensar una idea, debe ser el mismo que uno debe gastar para argumentarla (bueno, no tanto). Siempre nos creemos seres superiores que hacemos cosas tan buenas y brillantes que otros nos son capaces de entenderlas.

Tenemos que usar la inteligencia para vender bien lo que hacemos, para armar buenas presentaciones, para construir buenos racionales, para ser histriónicos a la hora de contarlas a nuestros jefes y clientes. Señoras y señores, sus ideas no son tan buenas para venderse solas en un “ppt”, si se venden solas, duden.

Desaprendí a compararme con los demás

Mi nivel de éxito profesional hasta que tenía 24 años, dependía de lo que yo veía que estaban haciendo mis compañeros de universidad y los que tenían mi misma edad.

El nivel de fracaso era enorme, estudié con gente brillante que salió de una vez a las mejores agencias y que empezando, ya tenían premios que cualquier creativo quisiera tener.

Todo acabó cuando vi que uno de mis grandes amigos, mentor y Director Creativo en una de las agencias que trabajé, alcanzó los premios, el cargo y logros que muchos creativos en Colombia no han podido obtener. Lo hizo a los 34 años.

Allí me di cuenta que no es cuestión de edad ni de compararse, todo llega a su tiempo si siguen las ganas de trabajar y dar más de lo que le piden los demás.

 Desaprendí ATL, BTL y DIGITAL

Hace 10 años, cuando salí de la Universidad, quería como todos estar por “encima de la línea”. Me encantaba el romance que hay en pensar buenas historias, tomar buenas fotos, escribir buenas frases.

Empecé a hacer comerciales, avisos, vallas y luego de ver que casi todo era malo, lo que hacía yo y lo que hacían los demás, entendí que las grandes ideas no tienen un formato.

Di un salto desesperado a una agencia que no soñaba y en la que me contrataron no se por qué; en su modelo, empezaba a integrarse el pensamiento digital con las otras disciplinas.

Sin darme cuenta empecé a cosechar logros, llegaron los premios y el cargo que muchos esperamos: “Director Creativo”. Y todo por sacar ideas sin un formato, ideas que no eran publicitarias y con las que muchas personas quisieran interactuar.

 Desaprendí el miedo

No hay nada que dé mas miedo y emoción que una buena idea.

Cuando una idea es buena y fresca, quizás no sabemos cómo ejecutarla, no hay referencias de cómo empezar a sacarla. Se siente pánico venderla, llevarla a un cliente que seguro nos dirá que no y nos pondrá otra vez a trasnochar para sacarla. Nos da pavor hacer algo distinto a lo que sabemos que funciona y nos da escalofríos vernos como estúpidos al someterla a la crítica.

Decidí desaprender el miedo a la mitad, porque ninguno de los anteriores argumentos eran suficientes para acabar con la emoción que da tener una buena idea.

Señoras y señores, les aseguro que cuando la pasión se acabe, lo único que los hará amar este oficio, es saber que una buena idea puede vivir. Y eso es algo, que jamás quisiera desaprender.