Septiembre 2012

Era un lunes de lluvia y veníamos de un domingo de trabajo en la agencia. Ya estaba todo listo para la presentación de una licitación por la cuenta de unos carros coreanos.
Subidos a la camioneta Mercedes de Francisco Samper, tomamos la autopista hacia el norte. Íbamos Marialejandra Urbina, Mario Padilla, el mismísimo Samper y yo.
A esta licitación nos habían llamado a nosotros y a Young & Rubicam. Solo dos agencias concursaban por esa cuenta; claramente teníamos buenas posibilidades de ganar una cuenta de carros en Lowe.
Todos teníamos la vestimenta y los nervios adecuados para afrontar una licitación de esa magnitud: Marialejandra, Mario y yo con unas lindas camisas blancas y Samper llevaba un traje muy elegante con una coqueta corbata dorada que hacía juego con el pañuelo y los gemelos; todo un dandy.
Cuando llegamos al concesionario, nos encontramos con José Miguel Sokoloff, que también estaba vestido para la ocasión. Él se encontraba paseando entre los carros como haciendo tiempo. Soko nos dijo que ya se había presentado y que nos estaban esperando.
Todo parecía que iba fluyendo con naturalidad, hasta cuando nos anuncian el primer inconveniente: nos dijeron que había que esperar al presidente de la compañía que deseaba estar en la reunión.
En teoría este personaje no iba a participar en la licitación porque la publicidad no es un tema en el que este excéntrico empresario esté interesado pero, por alguna razón, nos iba a acompañar.
Solo a mí me alegró la noticia; mucho me habían hablado de este tipo y me entusiasmaba conocerlo. Pero claro, yo desconocía su historia y su poca educación a pesar de haber estudiado en varias universidades de Estados Unidos.
Después de esperar quince minutos nos comunicaron que el empresario estaba cerca.
Cuando este millonario llegó, en las oficinas del edificio se armó un revuelo como si hubiese llegado Falcao. La ida y venida de custodios y secretarias era de película.
Cuando arribó adonde nosotros estábamos, nos saludó de forma cordial y se encerró en su despacho. A partir de ese momento, comenzaron a entrar y salir personas con muestras de telas y materiales.
Su secretaria personal, una mujer mayor con unos cuantos kilos de más y excesivamente maquillada, nos contó que el millonario se tardaría unos minutos porque estaba decidiendo el decorado de su nuevo avión.
En ese momento, y ante la falta de respeto, Sokoloff nos dijo que en vista de que esto iba para largo, él debía abandonarnos porque tenía una llamada con Lowe & Partners (en Londres) que no podía postergar y que tenía miedo de tener que abandonarnos en el medio de la licitación.
Esto a Samper no le gustó mucho, pero era comprensible que Sokoloff se mostrase así de molesto por la falta de respeto del millonario.
Después de que José Miguel Sokoloff nos abandonó, pasó una hora y media hasta que nos invitaron a entrar a la sala de juntas para comenzar la presentación.
Una vez allí, y después de haber insultado mentalmente a este impresentable empresario, el muy estúpido nos dijo que esperaba que fuéramos breves en la presentación, porque se tenía que ir a una cita medica.
Samper comenzó con una rápida introducción, a modo de credenciales de la agencia. Después continuó Marialejandra Urbina con una pequeña introducción sobre la estrategia que habíamos pensado para el mercado de los camiones.
Solo llevábamos veinte minutos de presentación y este desgraciado había mirado su reloj cinco veces, y nos había interrumpido con tonterías varias veces más.
Una vez que Marialejandra Urbina finalizó su discurso, comenzó mi amigo Padilla a explicar de qué manera se les debía hablar a los propietarios de camiones y flotas.
La verdad es que las personas de marketing piensan que Mario tiene el don de la palabra, porque suele ser muy convincente, aunque a mí me parece sumamente aburrido.
Cuando ya Padilla los tenía a todos envueltos con su verborragia, el infeliz millonario se levantó y salió de la reunión. Nadie sabía qué hacer; no sabíamos si se había aburrido y se había retirado para no volver o si estaba orinando y volvería en unos minutos.
Mario Padilla, que no se dejó acobardar, continuó con su discurso como si nada. Unos segundos más tarde el presidente de la compañía regresó con cacahuetes, se sentó y continuó escuchando la presentación mientras comía el maní que sacaba de un tarro azul.
Cuando yo me puse de pie y comencé con mi presentación, esta desde el punto de vista creativo, el multimillonario también comenzó a rular el tarro de cacahuetes. Todos empezaron a sacar puñados de maní del tarro y a pasárselo.
De repente, entra a la sala la gorda secretaria con una bandeja llena de vasos y botellas de manzana Postobón.
La situación era surrealista, pero muy divertida. Por alguna razón, a mí me generaba simpatía ver el tarrito pasando de una mano a otra y a esta señora toda rodeada de botellas.

Todo esto me tranquilizaba, era como muy de pueblo. Por eso, en cuanto vi que el tarro de cacahuetes pasó frente a mí, sin dudarlo lo agarré entre las manos, tomé un puñadito de maní y, sin dejar de presentar, me los llevé a la boca con la mala suerte que uno de los pequeños cacahuetes se me atragantó en el esófago. Automáticamente, mi conversación se detuvo, el aire que entraba a mis pulmones dejó de hacerlo y mi rostro se puso de color fucsia. Yo comencé a ver un flash back de mi propia vida, el cual se mezclaba con la imagen de Francisco Samper que corría hasta mí.

 

Todo el mundo se quedó congelado mientras Samper, en un acto heroico, comenzó a realizarme la maniobra de Heimlich. Rápidamente, y con una gran arcada, el cacahuete salió disparado desde mi esófago como una bala, con tanta mala suerte que picó dos veces sobre la mesa de vidrio y cayó en el vaso con manzana Postobón del millonario, que por el susto se levantó de la mesa bruscamente y se chocó con la gorda que estaba detrás de él. La bandeja con algunos vasos y botellas voló por el aire. La gorda perdió la estabilidad y cayó contra una puerta de vidrio y la rompió. La señora comenzó a gritar mientras chorros de sangre brotaban de uno de sus obesos brazos.
La situación era dantesca. Francisco Samper, que tenía el día de superhéroe, se abalanzó sobre la gorda. Quitándose la corbata dorada comenzó a hacerle un torniquete en el brazo.
De repente y como si faltara algo, se abrió la puerta y entró a la sala de juntas Sokoloff que había decidido volver a la reunión porque había finalizado su llamada con Londres. La cara de Soko era indescriptible.
Cuando entró se encontró con una escena de Tarantino: Samper completamente descamisado y lleno de sangre, la gorda en el suelo llorando, el millonario desmayado sobre un cartón de la presentación… mientras yo recuperaba el aire.
Una semana después llamaron a Samper para comunicarle que la secretaria estaba hospitalizada, pero que se recuperaba satisfactoriamente, y que la licitación se la había ganado Young & Rubicam.