Nada más enriquecedor que ser parte de un proceso de transformación, de lo que sea. Cuando era niño, recuerdo que seguía paso a paso el momento en el que en mi casa preparaban la gelatina; veía como hervían el agua y luego vertían el polvo, disfrutaba viendo cómo la dejaban reposar mientras se enfriaba y luego cómo la llevaban a la nevera; y claro, al final saborearla una y otra vez; estoy seguro que si no hubiera estado en todo el proceso; y solo hubiera llegado al momento de la cuchareada, igual lo habría comido toda; pero vivir de cerca el proceso de transformación me ayudó a entender un montón de cosas que otros niños de mi edad tal vez no sabían o no les interesaba saber.

Lo mismo pasa con todos los que hemos sido parte de la evolución del mundo anterior, hacia este nuevo “mundo digital”. A modo personal, creo que tenemos una pequeña ventaja sobre los llamados “nativos digitales”, no creo que seamos mejores o peores; solo pienso que haber vivido en carne propia el momento de transformación de cosas como el acetato, el walkman, el discman, el cd, luego el mp3 y ahora disfrutar y usar aplicaciones como Shazam o las plataformas de streaming, nos hace entender y valorar las bondades que el mundo digital nos ha traído de una forma más profunda.

Haber hecho llamadas desde una cabina telefónica pegada a un poste; haber experimentado el lento disco del teléfono y ahora ser dueños de smartphones de última tecnología y manejarlos perfectamente; nos ha ayudado a valorar, entender y ajustar naturalmente nuestro cerebro a este cambio digital de formas distintas a las creadas por los nativos.

Muchos de los afortunados que hicimos parte de esa transformación al mundo digital; alcanzamos a ir a las tiendas de fotos a mandar revelar los rollos de 12, 24 o 36; sin embargo eso no nos impide tener cuentas en Instagram y tener perfiles en Pinterest y manejarlos como cualquier otro; pasamos del lento pero romántico proceso de revelado, al inmediato mundo de las redes.

Hago esta reflexión, porque creo que ya es hora de cerrar definitivamente las brechas entre los que vivimos la transformación del mundo no digital, al mundo digital; y los que nacieron siendo digitales. Y más aún, cerrar esas brechas en la industria de la comunicación o creatividad publicitaria. He sido testigo de ver cómo grandes ideas que viven en digital, han sido pensadas, lideradas y ejecutadas por creativos “no nativos” al igual que he sido testigo y visto a muchos “nativos digitales” enredados una y otra vez creando y ejecutando ideas que viven netamente en un mundo en el que en teoría todo lo conocen.

Haber experimentado el proceso de transformación, hace que encontrar ideas exitosas que vayan del online al offline y viceversa, sea más sencillo y más relevante para las marcas, desde los que vivimos esa transformación; y desconocer todo esto del pasado; hace que los nativos puedan ver el mundo desde otra perspectiva; las 2 son válidas; una no es más valiosa que la otra; una no invalida a la otra.

Somos una generación afortunada de estar en medio de semejante cambio; conocemos las 2 caras de la moneda y las valoramos; tenemos la paciencia suficiente que nos dejó la falta de poder ponerle pausa a los programas; pero también tenemos la capacidad de sorprendernos cuando entramos a Netflix y elegimos lo que nos de la gana ver; algo impensable cuando experimentaste lo que era ir a alquilar una película en VHS y luego pagar multa por demorarte en entregarla.

Los buenos administradores de talentos creativos, son los que logran que estos 2 mundos convivan perfectamente; creando el espacio y las herramientas creativas para unirlos y sacar lo mejor de cada uno de ellos y generar grandes ideas.