Tengo una mala costumbre: me siento obligado a terminarme las películas que empiezo. Creo que es un serio problema porque entre la gran cantidad de títulos disponibles en las plataformas, es muy probable encontrarse algún hueso y no ser capaz de quitarlo puede convertirse en una tortura de 2 horas. En algunas ocasiones me aborda un sentimiento de culpa, en otras una esperanza ridícula de que la cosa va a mejorar. Así que me aguanto hasta que llegan los créditos y me prometo que nunca más voy a perder mi tiempo así.

Las veces que no las he acabado, se trata de interrupciones fortuitas: una visita inesperada, se despertó alguno de mis hijos o el sueño me ha vencido y salvado. En cualquiera de los casos no han sido decisiones conscientes. Así que no me queda más remedio que ser muy cuidadoso a la hora de escoger qué ver.

Aunque existen varios indicios para reconocer que una película no es de nuestro gusto: el título, los actores, el director, el género, el póster y el tráiler; he caído en varias de ellas por algo muy simple: me dejé llevar por las recomendaciones de Netflix y terminé viendo Naked, Who Would You Take to a Dessert Island y The Midnight Sky.

Haber sido víctima de los algoritmos y técnicas de mercadeo como “también te puede gustar”, porque viste este título” o los más vistos” me hizo reflexionar sobre si estamos o no sobreestimando la data.

Como publicista y usuario admiro enormemente el trabajo de compañías como Netflix, Spotify o Amazon, quienes dominan lo que se ha convertido en el activo más valioso del siglo XXI y la palabra más venerada por toda la industria. Aunque sé que una mala lectura de mi huella digital no le resta mérito a estas compañías y es solo un fiasco personal, sí me ha llevado a pensar que los datos carecen de valor sin los contextos particulares, sin las experiencias con las que la gente se pueda identificar, sin lo más valioso y difícil de encontrar en nuestro trabajo: los insights.

A lo largo del año pasado me vi abrumado por el exceso de reportes, estadísticas y presentaciones llenas de información que francamente, no siempre llevaban a algo, y fue una charla casual, una anécdota, un post o un meme los que detonaron los hallazgos e insights más relevantes de las campañas e ideas que trabajé en el 2020.

No sé si algún día llegue a existir un algoritmo tan poderoso que logre descifrar y entender a profundidad lo complejas y contradictorias que somos las personas, capaz de identificar estados de ánimo, niveles de energía, emociones o el tipo de humor que nos gusta. Así que por ahora voy a seguir confiando más en hablar con la gente, escuchar y descubrir historias personales y únicas que hacen la data más humana y valiosa. Optaré por pedir recomendaciones de películas a amigos. Tal vez me lleve decepciones, pero al menos tendré a quién reclamarle.