Victoria se alistaba en la mañana y tenía todo calculado para llegar a tiempo a la oficina, le tocaba caminar hasta la avenida principal, tomar el alimentador, llegar al Transmilenio, subir y bajar el puente con el olor a exhostos y luego esperar el bus entre carteras amarradas con fuerza y algunos maletines despreocupados. Si llegaba a una larga fila, pasaba al otro vagón para esperar que llegara la otra opción que tenía más paradas. Hasta que por fin llegaba el bus y a tratar de ingresar como fuera, para no tener que esperar el otro.

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Si no lo lograba quedaba al borde en primera fila y rezaba para que los de atrás no empujaran. Una vez adentro, si hacia calor procuraba abrir las ventanas, aunque otros la miraran mal pues no querían despelucarse o evitar el frío de las mañanas. Muchos olores de perfumes, jabones y hasta de cigarrillo se sentían en el viaje.

Por fin llegaba a la estación de destino, del calor se quitaba la bufanda y caminaba hacia fuera del sistema subiendo el puente y bajándolo otra vez con el sonido de las pisadas de los demás con prisa también para llegar a tiempo a su destino. En la mitad del camino se encontraba con un saxofonista que ponía su estuche para recoger las monedas, y como hacia trancón en la mitad del puente, se disminuían las filas de las personas y pasándolo se sumaban otra vez. La música del saxofón le recordaba canciones que hacían que Victoria las tarareara en su cabeza hasta llegar a la oficina. En ese momento se daba cuenta que tenía su brazo tieso y entumecido de aprisionar su cartera por el estrés de los posibles ladrones del sistema, que eran su mayor preocupación, aparte de agarrarse bien mientras estaba dentro del bus.

 Al medio día se levantaba de su silla y salía a almorzar, caminaba unas cuatro cuadras con sus amigas que procuraban no hablar de trabajo sino de algo del fin de semana. Hay un no sé qué que ocurre cuando conversan varias mujeres y se ríen, que carga el ánimo para seguir con la segunda jornada.

En la noche procuraba salir acompañada o al menos con muchas personas que se devolvían al Transmilenio para no estar sola, envolviéndose nuevamente en su bufanda para que no la golpeara el frío. Y a veces antes de llegar a su casa se acercaba a la tienda para comprar algo para el desayuno del día siguiente.

Esta era la actividad antes con los desplazamientos, no era una gimnasta ni mucho menos, pero ahora con el trabajo desde la casa toda esta caminata se congeló. Ya no tiene que oler los exhostos, los perfumes que marean ni estar enlatada en un bus.

Victoria duerme más, se alista, se pone sus pantuflas y se sienta a trabajar. Ya tiene poca interacción, no se maquilla porque nadie pone la cámara; se ha dado cuenta que muchos de sus amigos se conectan con la almohada pintada en la cara, levantados hace 5 minutos sin desayunar.

Es otro ritmo de vida, pero ella cae en cuenta que es mejor ponerse zapatos así no salga a trabajar para sentirse realmente activa y despierta, prefiere arreglarse pues varias veces sus clientes le piden que los salude con cámara encendida, y le ha tocado agarrarse una cola y ponerse las gafas para que no noten que está sin maquillaje. Esto también decidió cambiarlo, pues la hace sentir mejor dejando la pereza de dormir hasta el límite y así socializar un poco más.

Varios amigos solteros como ella han buscado reunirse de vez en cuando en la oficina porque literal estaban hablando con las paredes por varios días o solo con los domiciliarios. Decidió buscar más actividades físicas y salir con menos miedo. En las mañanas va a trotar con una vecina por el parque, al inicio con tapabocas y en la mitad del recorrido se lo quitan, pues respirar sin una barrera es hoy más agradecido que nunca. Siente que se mueve la energía, que le circula la sangre, que vive y está lista para aportar en su trabajo otro día más.