“Amor, le tengo una sorpresa, masaje esta noche”.

Con esta frase me recibió Vero, mi querida esposa. Era jueves si la memoria no me falla, pero de lo que si estoy seguro es que era uno de esos jueves que no se parecen en nada a los otros jueves. Era un jueves jodido, donde la espalda sufre, un jueves de esos en los que ni siquiera el almuerzo sale bien, de esos en los que los clientes parecen alinearse para dudar de las campañas y en los que posiblemente por decencia no mandamos al carajo a la mitad del mundo. Era uno de esos lindos jueves peores que cualquier terrible lunes.

“Llegan a las 8” me dijo Vero.

“Que rico, qué detallazo” le contesté.

Realmente si necesitaba una masacre muscular, una experta que le diera una lección de tranquilidad a cada musculo de mi cuerpo, que les enseñara a mis emociones a no tomarse tanta confianza ni meterse donde no las han invitado. Así que estaba feliz, el masaje era una esperanza, sin exagerar, de renacimiento. El viernes iba a llegar a la agencia rozagante, seguro me preguntarían: “Carvajal, ¿Qué se hizo? Se ve renovado, ¿Me da el dato?”

Plan perfecto. Todo coordinado. 8 p.m. llegaban del masaje.

Timbraron.

Llegaron.

“Qué delicia” pensé.

Me llamó la atención que Vero al abrir la puerta, saludó de beso y abrazo apretado a la del masaje. Raro. Muy raro. Yo estaba en el cuarto así que decidí acercarme a la puerta. A medida que me acercaba oía que Vero y la masajista hablaban cada vez más fluido. Carcajada va, carcajada viene. Raro. Rarísimo.

El momento cúspide llegó cuando asomé mi curiosidad por la puerta; mi esposa, muy desparpajada me dijo: “le presento a mi prima”.

Colapsé. Me morí por dentro. Me habían dado un puño.

La prima de mi esposa era la masajista. Y era una de esas primas lejanas que nunca conocí.

Lo peor, se parecían.

“A la cama y toalla” me dijo la prima, me lo dijo así, a secas, sin melosería. Eso me puso aún más nervioso.

Me metí en el baño, cerré la puerta y grité para dentro: ¿Y ahora qué hago!!!!? En ese momento me desubiqué, perdí por completo el control de mí mismo, tenía enterrada la imagen de la prima de mi esposa masajeándome las nalgas. Se me confundieron las instrucciones por completo, en mi cabeza solo habían quedado las palabras “toalla” y “cama”, entonces me empeloté, quedé sin nada. Sudaba. Me puse la toalla en la cintura, pero debajo no había nada. Me senté en la tapa del inodoro, no podía salir así, era una situación difícil. Mi esposa empezó a notar que yo no salía del baño y mientras seguía conversando con la prima, me preguntaba: “Amor que hace?”

A la tercera pregunta; le contesté desde adentro: “Venga usted”.

Entró mi esposa.

Me dijo: “Usted que hace empeloto?”

“No sé qué hacer” le dije desesperado. “No entendí lo que me pidió”.

“¿Cómo no me avisa que la masajista era una prima suya?” le reclamé derrotado.

“La toalla es para poner en la cama, póngase una pantaloneta” me dijo ya con una risa evidente.

Salí por fin. En pantaloneta y visiblemente disminuido. Con la toalla en la cintura y la cara roja de lo que sudé.

Me acosté y el masaje arrancó. Con la nariz y los ojos enterrados en la almohada empezó un masaje que no dejaba nudo vivo. La prima hablaba con mi esposa, se ponían al día, chisme por aquí, chisme por allá.

Yo tendido en la cama y en mi propio silencio reclamándome cómo había terminado en esta situación.

Señores y señoras de la industria, la prima masajista ya llegó a nuestro mundo y se llama Coronavirus. Golpeó en la puerta, nos dio un puño y nos puso a trabajar en la incertidumbre. Todos teníamos planes, todos teníamos la certeza de lo que venía, así como cuando yo planeaba mi gran masaje.

Pero nosotros como industria no podemos derramar lágrimas en la almohada. Tenemos que ser capaces de cambiar nuestro approach y que eso nos fortalezca, que nos haga menos egocéntricos y que nos quite la vergüenza de no sabérnoslas todas.

Bienvenido el planning ágil, sin tanto power-point ni tanta carreta; que vengan los errores para aprender más rápido, bienvenidas las angustias de tener que reaccionar en el minuto, así como cuando me empeloté en el baño, bienvenida esa planeación estratégica que se hace sin planearla tanto y que deja que las dudas nutran la emoción de lo que hacemos.

Como Mike Tyson dijo en alguna ocasión: “todo el mundo tiene un plan, hasta que le meten un puño”

Nuestro puño ya llegó.